11.5.05

Como una mosca en el cristal

Desciendes la estrecha calle que lleva del mercado a la alameda, y justo antes de llegar al cruce hay una pequeña puerta azul, con un ventanuco diminuto, que al inclinarte hacia delante queda a la altura de tus ojos. Llamas, abren (es un señor calvo, cara inexpresiva, tal vez algo triste, pero más bien inexpresiva) y entras. Buenos días, saludas. No recibes contestación. El hombre se retira, no sabes exactamente por donde. Ante ti tienes un pequeño pasillo, un pasadizo podríamos decir, por lo estrecho que es, y lo oscuro. Avanzas y poco a poco va llegándote el rumor de una música algo lejana, cada vez más claro el murmullo de voces y risas. Cruzas varias puertas, continúas caminando durante algunos minutos. Hay manchas de humedad en las paredes, el olor va creciendo; también el murmullo. La sensación de estar en un lugar cerrado como una tumba aumenta, pero al mismo tiempo te sientes cada vez más cerca de la multitud, de la fiesta. De pronto, el pasillo acaba: una pared gris cierra el camino. El hedor es insoportable, las voces te llegan como si te hablaran al oído. Golpeas la pared, quieres ir al otro lado, la acaricias, pruebas presionarla en distintos puntos, pareces una mosca en el cristal, es patético. Finalmente decides volver por donde viniste. El camino de regreso es más rápido, sobre todo porque aprietas el paso, quieres salir cuanto antes de este lugar. Atraviesas puertas, sudas, estás algo nervioso. El nervio mengua conforme avanzas y el pasillo se ensancha, la luz al fondo, la silueta del señor que te recibió se recorta contra el rectángulo de luz del día que entra por la puerta abierta. Ahora sonríe, pero notas algo de malicia en su expresión; parece insinuar: ya te lo dije. Te abre la puerta y te despide, adiós. Ahora eres tú el que no contesta. Sales a la calle, te estiras un poco, miras a un lado y a otro, optas por ir hacia la derecha. Pronto llegas a la alameda: está preciosa esta época del año.

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