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25.3.08

La vuelta a casa

"Me tendría que haber quedado con Circe", pensó Ulises, sólo cuatro días después de regresar.


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21.2.08

Después de oír la señal

Al principio los mensajes que dejaba en el contestador de Lucas eran bastante parecidos a cualquier mensaje que cualquier persona pueda dejar en un contestador: llámame cuando escuches este mensaje. O: responde, sé que estás ahí, vamos, responde. Conforme pasaba el tiempo, los simples recados se iban llenando de contenido: perdóname, es todo lo que tengo que decirte, perdóname, arreglémoslo todo, quiero que las cosas vuelvan a ser como antes. Poco a poco, día tras día, Julia empezó a llenar la memoria del contestador con las cosas que nunca le dijo a Lucas. Siempre los mismos sonidos: tres tonos y este es el contestador de Lucas Hall, deje su mensaje después de oír la señal. Luego la señal. Y entonces, el torrente. Unas veces sólo agua de discurrir suave y esperanzado. Otras, cargada de piedra y ramas, con la violencia de la crecida del río.

Las conversaciones diarias con el contestador de Lucas se convirtieron en el centro del universo de Julia, que tenía las mejillas coloradas y la sonrisa en la boca. Tú estás enamorada, le dijo una amiga a la que se encontró por la calle, y a la que hacía tiempo que no veía. ¿Sigues con Lucas? Julia sonrió, dejó creer, besó a su amiga, siguió su camino.

El teléfono sonó al llegar a casa.

-¿Julia?

-¿Sí?

-Oye, soy Lucas.

-Ah, hola.

-Mira, he estado fuera, y al llegar he escuchado todos los mensajes que me has dejado, y ...- Lucas estuvo hablando un buen rato, como si contestara uno por uno los mensajes que Julia le había ido dejando desde hacía meses.

Perdona, Lucas, interrumpió Julia. Perdona. Pensó como explicarlo. Cómo explicar que hacía ya tiempo que los mensajes habían dejado de estar destinados a Lucas. A ese Lucas. Hacía tiempo que hablaba con otro Lucas. Que su vida giraba en torno a un fantasma con el que Lucas no tenía nada que ver. Que todo aquello que Julia había dicho durante los últimos meses, cada día, al contestador de Lucas, no iba dirigido a él sino a otra persona que no existía más que en la imaginación y el deseo de Julia. Y que ella no había sabido todo esto hasta que había oído la voz vulgar del vulgar Lucas al otro lado del teléfono.

Perdona, Lucas. Perdona.

Julia colgó.

29.1.08

El náufrago

Después de sobrevivir al naufragio, después de meses subsistiendo en una isla desierta, después del trabajo que le había costado construir una balsa vacilante, después de navegar más o menos a la deriva durante nueve días, al náufrago no le sorprendió demasiado descubrir que el lugar al que había llegado era otra isla desierta.

27.11.07

El entierro

Mañana soleada y fría, corbata negra.

Rudolf me espera en la puerta de su casa. Tiene los ojos rojos. Yo no. No he llorado. Ni anoche ni esta mañana. Ayer me dijeron que Elder había muerto. He pasado el tiempo viendo viejas fotos de los tres, pensando en los viajes que hicimos y en los que no llegamos a hacer. He acabado con dos paquetes de lucky recordando los tiempos en que empezábamos a fumar. Elder, Rudolf y yo.

Rudolf sube al coche. No dice nada, y yo tampoco. Permanecemos así hasta que pasamos junto al bar de Charlie. Entonces Rudolf me dice que pare. Propone tomar algo. Miro el reloj, todavía es pronto. Paramos.

Pedimos dos cafés, y los tomamos a pequeños sorbos, cada cual en su mundo. El sueño, el trauma y la tristeza hacen bullir, removerse y saltar imágenes en mi recuerdo: Elder riendo en la playa, Elder y Rudolf convenciéndome para ir a trabajar juntos a Holanda, Elder tratando, con poco éxito, de seducir a una muchacha sólo un par de mesas más allá de ésta en la que nos encontramos ahora Rudolf y yo tomando un café.

Elder moribundo en su cama del hospital.

Hace tantos años de tantas cosas.

Por fin, Rudolf habla. Recuerda en voz alta una de las estúpidas y divertidas ideas que pasaban por la cabeza de Elder y que éste compartía con nosotros. Estábamos los tres en el paseo, era verano y mirábamos a un imbécil que molestaba a los bañistas con una cometa. ¿Sabéis lo que sería embarazoso?, preguntó Elder. Nos giramos hacia él, esperando la respuesta. Estar en un entierro y que te entre un ataque de risa, dijo, eso sería embarazoso.

El recuerdo me hace sonreír. Podría contestar ahora con otra anécdota de las muchas que pueblan nuestra memoria común, la de Rudolf, Elder y yo. Pero en lugar de eso pago y digo que se está haciendo tarde, vámonos.

Ni Rudolf ni yo hemos estado antes en el cementerio, por lo que no sabemos muy bien qué hacer, adónde ir. Afortunadamente, Rudolf ve a unos metros a quien identifica como el primo de Elder, aquel que nos caía tan mal. No recuerdo al tipo, pero me fío de la memoria de Rudolf y seguimos al primo. No pasan más que unos segundos hasta que vemos que se dirige hacia un grupo de unas treinta personas junto a un féretro. Ahí está la madre, cuyo llanto se agudiza al vernos. Nos abraza, quiero pensar que como si creyera que abrazándonos también abraza en cierto modo a su hijo. Enseguida me doy cuenta de que eso es una tontería. Con un leve gesto de cabeza, saludamos al resto de la gente, a la que no conocemos. Rudolf estrecha la mano del primo, y me lo presenta. No oigo bien cómo dice que se llama el tipo, pero tampoco me importa mucho, por lo que hago como si nada. Y desde luego sigo sin recordarlo, y parece que él a mí tampoco me recuerda. Le estrecho la mano y sigo mi camino hacia el borde de la multitud.

Un cura dice no sé qué barbaridades sobre la vida que espera a nuestro amigo muerto. Sé que Rudolf está pensando, y lo sé porque también lo estoy pensando yo, que el cura no estaría ahí si Elder hubiera tenido algo que ver con la organización de su propio entierro. O al menos mantendría la boca cerrada. Trato de recordar al Elder feliz y sonriente, pero sólo me viene a la cabeza la imagen de Elder entubado en la cama del hospital con su madre velándolo día y noche. Ahora sí que tengo ganas de llorar.

Y Rudolf, entonces, muy, muy bajito, sin alzar la mirada del suelo, me susurra un pensamiento: ¿sabes qué sería embarazoso ahora? Levanta la cabeza y nos miramos con una sonrisa torcida. Ambos sabemos que en pocos minutos estaremos sufriendo por no poder contener la risa.

25.6.07

Avances científicos

Del "Madagascar Times":

(...)
Los tiempos cambian deprisa, y lo que ayer no era ni un sueño hoy es una realidad superada.

Sin embargo, es imposible, hoy por hoy, concebir un bocadillo de lonchas de pavo en barra de pan de cuarto superior al ideado por Néstor Archimboldi.

"Se trata de una barra de pan de cuarto de kilo abierta longitudinalmente en la que se introducen dieciocho lonchas de pavo, procurando que queden lo más repartidas que sea posible en el interior del bocadillo", explicó Archimboldi ayer en rueda de prensa, tras una conferencia en la Universidad de Antananarivo en la que presentó a la comunidad científica un prototipo de esta innovación técnica.

"Hace unos cinco años pensábamos que lo que mi colega (y amigo), el Dr. Decker había conseguido era la última innovación posible en este campo", añadió.

En realidad no cuesta hacer memoria para revivir el feliz día en que Decker ofreció al mundo el que hasta ayer suponía el último paso de la ciencia en esta materia: un bocadillo de diecisiete lonchas de pavo en una chapata de cuarto.

Archimboldi también afirmó que "lo bueno del bocadillo Decker es la originalidad de su propuesta: la chapata introdujo un matiz que a la comunidad científica, sobre todo al sector más conservador de la Royal Society, le costó aceptar".

"Sin embargo", añadió, "el uso de la chapata en este nuevo prototipo es técnicamente imposible".

Ante un grupo de más de cien periodistas de todo el mundo, Archimboldi concluyó: "no se puede concebir ahora mismo una mejora de este bocadillo. Es una idea inimaginable".

(...)

9.4.07

Un cómic sin dibujos

Caída, de Adrian Tomine:

"Era la primera vez que mi padre viajaba a Japón. Estaba allí visitando a unos parientes lejanos y viendo el país. Conducía por una zona rural a las afueras de Fukuoka, buscando la casa de su tía abuela, cuando el coche alquilado sufrió un pinchazo.

Se detuvo en el arcén de aquella carretera sin iluminar, junto al pequeño quitamiedos metálico. Salió del coche y, a tientas, dio una patada a cada neumático para comprobar cuál se había pinchado. Al pasar por el costado del pasajero se dio un golpe en la espinilla con el quitamiedos y, sin pensar, levantó el pie y lo pasó por encima.

Al otro lado esperaba pisar tierra o asfalto. Se encontró en cambio con el vacío: una larga caída hacia un tanque de hormigón. Agitó los brazos con fuerza, intentó trasladar su peso al otro pie, pero no lo consiguió.

Cayó hacia atrás, atravesando la oscuridad, incrédulo".

Además de dibujar con un estilo en el que se refleja lo mejor del underground limpio de Dan Clowes, Jason Lutes o los hermanos Hernández, Adrian Tomine tiene textos que se acercan bastante a lo que me gustaría escribir a mí.




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7.4.07

Otro cuento

Uno extraordinario, de sergisonic, que dice así:

"Hoy, un difícil día de trabajo acabó de forma extraña: llegó a casa, abrió la puerta y notó que faltaba una habitación".

Además, el post enlaza a un dibujo de Adrian Tomine, uno de mis dibujantes favoritos.



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2.3.07

Azar

Supongo, y si no es así qué le voy a hacer, que todo el mundo se preocupa, se pregunta constantemente, si determinados hechos puntuales de su vida han sido decisivos para dar con un devenir absolutamente distinto de aquél que habría resultado si esos hechos puntuales hubieran sido diferentes.

Es evidente que actuar de un modo u otro en un momento concreto tiene consecuencias sobre el instante inmediatamente posterior. Pero no hablo de algo tan genérico. Tampoco hablo de obviedades tales como decidir en un punto de nuestra vida si aceptamos o no el puesto de bibliotecario en el departamento de Filología española de la Universidad de Columbia o de Antananarivo, o elegir entre el sí o el no ante una disyuntiva tan vital como una proposición de matrimonio.

Hablo de algo más sutil. De la diferencia entre decidir, un día determinado, y aprovechando que la noche ya tarda en llegar y la brisa es templada, que volverás a casa caminando en lugar de tomar el autobús, o, por el contrario que, cansado de trabajar y con ganas de sentarte en tu sofá y leer tus libros o ver tus películas o comerte un bocadillo de jamón y queso, subirás en el autobús como cualquier otro día.

Contra lo que pudiera parecer (el cambio en la rutina es lo que determina el cambio en el destino), decantarse por la primera opción no es lo que va a suponer ese radical punto de inflexión que el lector avispado lleva rumiando desde hace un par de párrafos (no hablo de ti, que lo lees ahora, hablo de otros lectores avispados anteriores y posteriores).

Y no es así porque tal vez sea al subir al autobús, como todos los días, cuando te encuentres con alguien que precisamente es quien va a introducir el esperado cambio, que no se produciría en caso de que, modificando el bendito pan tuyo de cada día, caminaras hasta casa.

Por otro lado, es posible que incluso tomando la decisión de subir al autobús no acaezca el mencionado giro del destino. Pero es posible que hoy, al contrario que el resto de veces en que vas hacia el fondo del vehículo y entierras la nariz en un libro, ocupes el asiento más cercano al conductor, sin ver quién más hay en el autobús y, así como antes parecía que de la caminata a casa vendría el tambaleo del futuro marcado que finalmente no tuvo lugar, es precisamente el hecho de haber elegido el primer asiento libre que has encontrado al subir el que permite ver que en la parada siguiente, uno de los pasajeros que espera ese mismo autobús es alguien a quien reconoces como un rostro de tu pasado.

Y el último giro: esa persona, que en este momento abona el precio del billete al conductor, en este otro momento hace ademán de ir a pasar de largo. Tras un segundo de duda, decides: Disculpa, ¿sí?, no sé si nos conocemos.

30.10.06

Ventanas


Llevo meses sin escribir.

Me he cambiado de casa, a una más grande, más cómoda. El problema es el estudio. Solía escribir en una pequeña habitación, junto a una gran ventana por la que entraba mucha luz. Supongo que lo de la luz queda bien a la hora de justificar la posición desde la que escribía, pero en realidad lo que me gustaba era observar a las personas que vivían en las ventanas de enfrente. Los observaba a ratos, con sigilo, como por casualidad, y me preguntaba a qué se dedicaría en su vida real (es decir, aquella vida aparte de la que llevan frente a mi ventana) esa gente. A menudo era fácil imaginarlo: un trípode, focos y demás material de fotografía amontonados tras una lona en un pequeño balcón al que se abría una de las ventanas; un tablero de dibujo; un libro de álgebra abierto sobre una mesa, junto a un pequeño cuaderno que tenía todo el aspecto de un diario adolescente. Sin embargo, todo eran conjeturas, quimeras, mentiras, ya que las vidas de esas personas no existían para mí fuera de las ventanas de enfrente.

De modo que inventaba vidas para aquella gente, basadas en lo que veía y oía a través de los pocos metros que separaban mi ventana de las suyas. De esas invenciones surgían a veces historias interesantes, que contaba entre mis conocidos o que escribía en algún archivo del ordenador.

Supongo, que del mismo modo, yo no era, para las personas que allí vivían, más que otra persona en la ventana de enfrente.

Ahora mi ventana da a un parque lleno de árboles, con un estanque en medio. La finca más cercana está a unos trescientos metros. Cuando enseño mi nueva casa a algún amigo, le muestro orgulloso mis vistas. Qué suerte tienes, dicen, qué desahogo de ventana, hace la casa más grande, parece que la habitación esté dentro del parque. Yo sonrío, dejo que me envidien un poco, y sigo enseñándoles la casa.

Pero en realidad, ahora soy una persona gris, que ha perdido el apetito y las ganas de escribir, y que echa de menos a aquellos desconocidos que vivían en las ventanas de enfrente.


15.3.06

Viaje de ida/viaje de vuelta

Viaje de ida

Sucedió en el Instituto de Arte Moderno, la exposición era de Charles Simonds. Pequeñas ciudades (no maquetas, sino realmente pequeñas ciudades) donde vivieron fantásticos hombres diminutos, los "little men"; restos de una civilización desaparecida desde siempre. Las ruinas de aquellas construcciones mitológicas contenían rastros de vida, de una riqueza extinguida. Todo inerte en esos paisajes fantasmagóricos, tal vez marcianos o lunares, pero se adivina que alguna vez, hace tiempo, pequeños seres habitaron esas tierras.

Y, de repente, ahí estaba yo. En el centro de ese pedazo de mundo extraño, sobre una colina rojiza desierta estaba yo, un "pequeño hombre", caminando decididamente, lejos de todo, dejando sólo mis huellas, llevándome sólo mis recuerdos.


Viaje de vuelta

El tren rompe la noche, atraviesa el frío, cabalga hacia el mar, mi casa. La luna se mueve rápidamente tras las nubes.

En pantalla, un gran duelo de actores: Tony Curtis está a punto de descubrir, gracias a Henry Fonda, que él mismo es el estrangulador de Boston. Todo se detiene, y los recuerdos de la noche anterior revolotean dentro de mi cabeza. Estoy confuso.

Primero la conversación, la bebida, la risa, la gente. Después, los besos, las caricias, el amor, la complicidad, la ternura. Oír, al despertar, la respiración de otra persona a mi lado. Ella abre los ojos y sonríe. Todo sigue igual, todo es perfecto.

Una ducha, un paseo, una cerveza que acabe con la resaca de una vez por todas. Una sobremesa cálida y tierna. Una despedida: todo sigue igual, todo ha sido perfecto.

El tren se abre paso a través de la oscuridad y la lluvia. Ya veo las luces de mi ciudad. Tony Curtis está llorando. Yo no. Todo está cambiando. Todo va a ser perfecto.

9.2.06

Martin

Recuerdo la última vez que vi a Martin. Fue en Innsbruck, en invierno, hace cinco años. También estaba Florian. Y Heimo. Al despedirnos, me dijo: "Maybe not the last time". "Why should we think so?", le respondí.

Conocí a Martin en Cannes. Lo pasamos bien aquel verano en el sur de Francia, las tardes en la playa, las chicas, los amigos, la bebida, el crepúsculo de la adolescencia, todavía queríamos ser mayores.

Hoy he sabido que Martin se suicidó hace unos meses.

Lo pasamos bien aquel verano.

12.12.05

Cierta inquietud

Camino por la calle, tranquilo, fumando. De pronto, un grito que viene de arriba. Miro en tal dirección con tiempo justo para esquivar a un hombre que cae, y de cuya garganta, presumo, salió el grito que acabo de escuchar y que, después de todo me ha salvado de, al menos, un golpe bastante fuerte.

El hombre yace ahora muerto en el suelo, en la acera, con un sobre en la mano. En el sobre está escrito mi nombre, y dentro hay una nota. Dice: "El siguiente eres tú".

30.10.05

Jardin des Plantes

Recuérdalo, si vas a París: debes entrar por la puerta principal, no, la del río no, la más alejada del río precisamente, Jardin des Plantes, sí, por la puerta más alejada del río, prácticamente enfrente de la gare d’Austerlitz, debes entrar por esa puerta, que es la principal, tal vez no la más alejada del río, pero seguro que es la principal, entras y dejas atrás el museo, llegas al jardín. Si vas en la época del año que te he recomendado verás todo bastante mortecino (todo es marrón y amarillo, ya verás, es bonito), pero no es como el Bois de Boulogne: en el Bois de Boulogne está todo lleno de hojas caídas, húmedas, y todo huele a eso, a hojas caídas húmedas. Es un olor delicioso, aunque quizá sólo para mí, es uno de esos olores de mi infancia, a lo mejor a ti ni siquiera te resulta agradable, ese olor a humedad de las hojas caídas. En el Jardin des Plantes son muy aseaditos y las hojas las recogen, no, las cogen conforme caen de los árboles, antes de que toquen el suelo, sí, claro, es una broma, quiero decir que todos los días o casi todos deben de recoger las hojas del suelo porque apenas hay hojas en el suelo y los árboles están completamente desnudos, pero olvídalo, porque la avenida ancha del jardín a la que llegas después de pasar el museo no interesa (quiero decir que no interesa en lo que te voy a explicar, pero por supuesto es un placer pasear por allí, aunque sobre todo en primavera, entre extrañas flores y algunos animalitos de granja, y enormes cuervos).

Bueno, pues conforme pases el museo y enfiles el jardín, verás a la izquierda un invernadero bastante grande, en el que se adivinan, desde el exterior, siluetas de palmeras. A su derecha, un pequeño camino que sube. Es el camino que debes tomar, no, apenas sube; tal vez cuatro o cinco metros, y luego otros tantos de bajada; en verdad es una especie de barricada que separa la parte limpita del jardín y la más, digamos, salvaje. Pues te adentras en la parte salvaje (que no lo es tanto, ya verás como también es muy limpita, pero de algún modo hay que diferenciarla de la otra parte del jardín) y al final de ese camino que primero sube y luego baja verás, a la izquierda, una pequeña colina.

Comienza a andar por el sendero que sube en espiral hasta lo alto de la colina, sí, es en espiral, pero realmente no nota uno que va subiendo: simplemente parece que andes constantemente alrededor de la elevación, que repitas una y otra vez el mismo camino; sin embargo, al cabo de un número de vueltas indeterminado (tal vez tres vueltas a la colina, quizá siete: nunca consigo contar cuántas hay que dar, ya que mientras recorres el camino da la impresión de estar pasando todo el rato por el mismo lugar, sí, eso ya te lo he dicho), al cabo de unas cuantas vueltas, decía, de repente aparece, plop, como de la nada, esa extraña construcción de la que tanto te he hablado, es una especie de quiosco de metal verde, que no llega a estar completamente a cubierto y que está rodeado de bancos para sentarse.

Si miras hacia abajo, hacia el lugar del que vienes, no reconoces los sitios por los que acabas de pasar. Todo cambia cuando llegas ahí arriba. Dicen que el tiempo no pasa, porque es un lugar mágico.

27.6.05

Dr. Wong y los gatos

El Dr. Wong, nacido en 1869 en Rangún, médico, veterinario y botánico, inventor, según se dice, de multitud de remedios para enfermedades humanas, animales y vegetales en su época consideradas incurables, es más bien recordado, desgraciadamente, por el descubrimiento de una técnica tildada por los espíritus más susceptibles de su tiempo, de mefistofélica, aunque, si me lo permiten, describiría yo como simplemente cruel y, eso sí, sumamente desagradable.

Al doctor, alarmado por el descenso de la clientela de su consulta, y por la inexistencia en la pobre región de fortunas dispuestas a financiar sus proyectos de investigación o adquirir las bellas flores que hacía crecer en su jardín, teniendo en cuenta además que prestaba atención médica a personas y animales de modo gratuito o, en todo caso, a muy bajo precio, se le ocurrió un objeto de comercio del que pronto, para desgracia suya, se hizo eco toda Birmania.

El Dr. Wong comenzó a fabricar gatos embotellados. De tarde en tarde, salía a buscar gatas a punto de dar a luz, y robaba parte de sus crías. Las tomaba recién nacidas e introducía cada una en una botella de cristal. Luego iba alimentando a los animalitos, primero directamente (durante las dos primeras semanas podían beber la leche que el doctor introducía en las botellas), y más tarde por medio de una sonda. Los gatos, poco a poco iban creciendo, tomando la forma de la botella, hasta que morían por falta de aire y espacio vital. Cuando esto sucedía, sellaba herméticamente las botellas con tapones metálicos y con lacre. El resultado, por lo tanto, era una botella decorativa con un gato muerto en su interior, que el doctor comenzó a vender a sus pacientes, y que al poco tiempo se convirtió en un negocio que mejoró sustancialmente su situación económica.

Su empresa fracasó en pocos meses, pero hay algo que merece la pena contar: sucedió que un día, cuando comenzó a crecer el pelo del gatito de una de las botellas, descubrió que se trataba de un ejemplar único, de un hermoso color nogalino, e inmediatamente procedió a romper, con sumo cuidado, la botella. Por las noticias que tenía, se trataba, efectivamente de un caso absolutamente excepcional, producto de una mutación genética, según corroboraría algunos años más tarde el Dr. Joseph Thompson, aunque eso ya es otra historia. Dicen algunos expertos en la materia que Wong Mau (pues ese fue el nombre que Wong dio a su amado animal) es el origen de toda una raza, la del gato birmano, cuya característica es, precisamente ese color castaño que al Dr. Wong tanto entusiasmó, y que, según estudiosos procede del cruce entre un gato castaño oscuro de Birmania y un siamés, sin olvidar la extraña mutación a la que ya se hizo referencia.

La definitiva razón por la que Wong dejó el negocio de los gatos embotellados fue su secuestro y posterior ejecución en 1938 por la secta Mau Lo, que tiene a los gatos por animal sagrado y, evidentemente, consideraba sumamente blasfemas las actividades del doctor.

23.6.05

El omnólogo

“Sucedió hace millones de años”, cuenta, “y yo estaba allí. Era el único ser humano; lo demás, dinosaurios y otras alimañas. Había un ruido constante, como de violentos movimientos de formación de la tierra y de constatación de la vida: continuos terremotos, erupción de volcanes, luchas entre animales… Y yo estaba allí. No sé por qué, ni en qué circunstancias. No recuerdo si iba vestido o desnudo, si tenía el aspecto que tengo en esta realidad o si me parecía más a uno de esos homínidos simiescos que aparecen en los libros de historia del colegio. El caso es que yo era humano, y era diferente a todos, aunque las diferencias eran meramente físicas: todos los animales parecían tan racionales como yo. Sin embargo, la principal diferencia entre ellos y yo es que yo tenía el papelito marrón. Y en el papelito marrón estaba la Respuesta (ya sabes a qué me refiero). El problema es que yo no podía leer. No sé qué clase de impedimento era: no sé si no sabía leer, si estaba escrito en un idioma desconocido por mí, si sufría en la vista esa torpeza tan característica de los sueños… El caso es que no podía leer el papelito marrón, y sin embargo, sabía que si lo conservaba conmigo el tiempo suficiente, lograría leerlo y conocer la Respuesta (y sabes de qué estoy hablando). Pero no lo logré. Un día, agarrado a mi papelito marrón (en esto sí que poseía una ventaja con respecto a los demás animales: podía coger cosas con la mano) me dormí junto a un triceratops con quien no me llevaba del todo mal (era de los pocos). Mientras dormía aquella noche, soñaba que el papelito marrón se volaba, y me veía a mí en el sueño, tumbado, durmiendo junto al triceratops, y el papelito marrón volando, vacilando en el aire conforme se alejaba. Y al despertar ya no estaba. Había perdido mi gran oportunidad de conocer la respuesta. Sin embargo, esta mañana me he despertado, en un mundo sin dinosaurios, pero todavía con ese ruido constante, aunque ya no de nacimiento, sino de destrucción, un ruido de final de un ciclo, un gemido de dolor del mundo, todo termina y estamos cerca… Y allí estaba el papelito marrón. Y aquí lo tengo junto a mí, abierto ante mis ojos, aún sin entenderlo. No sé si es un idioma extraño, o si ni siquiera es un idioma conocido, sino una especie de signos universales que, tengo la certeza, si espero durante un período de tiempo suficientemente largo, acabaré por entender”.

10.6.05

Mi abuelo

Mi abuelo nunca coge el teléfono.
Dice que la última vez que lo cogió, en 1936, le mandaron al frente.
Mi abuelo arranca las páginas de los libros conforme las va leyendo.
Dice que sólo lo hace cuando viaja, para quitarse algo de peso.
A mi abuelo no le importa el precio de la gasolina.
Dice que, pase lo que pase, él siempre pone mil pesetas.
Mi abuelo siempre tiene mesa reservada en Santa Catalina, cada tarde, y los camareros le atienden como si fuera el único cliente.
Dice que todavía no se ha acostumbrado al cambio de moneda, y que casi siempre deja una propina de tres o cuatro euros después de tomarse un café solo.

6.6.05

El soñador serbio


Entre El soñador serbio y su última conversación con Jelena, Joseph K. se puso a pensar en los sueños lúcidos, es decir, aquellos sueños en los que uno tiene conciencia de que esta soñando, y por lo tanto puede controlar absolutamente el desarrollo del sueño (1).

Cientos de veces sucede: soñando, dentro del sueño, Joseph K. tiene oportunidad de hacer algo (generalmente, por qué no decirlo, relacionado con sexo o dinero) que no hace por miedo a las consecuencias que se darían si hiciera esas mismas cosas en la vida real. Porque cuando soñamos creemos que estamos viviendo la realidad, sin darnos cuenta de que las reglas que rigen en la realidad no son las mismas que rigen en los sueños. Efectivamente: en los sueños, en el mundo de los sueños, no hay reglas. Pero sólo podemos aprovecharnos de esa inexistencia de reglas si somos conscientes de que soñamos.

Y es ahí donde surge la teoría del soñador serbio (Aleksandar Zograf): la técnica del sueño consciente requiere un factor esencial, que podemos denominar, usando esa terminología hitchcockiana que tanto entusiasma a Joseph K., el macguffin. El macguffin es el dato, criterio, objeto, recuerdo o cualquier elemento que permite saber al que sueña que efectivamente está soñando. Pongamos que un día Joshuah se corta el pelo, y esa noche tiene un sueño en el que se mira en el espejo y aparece con el pelo largo. Aquí, el pelo largo es el macguffin, que podemos definir como error inconsciente, o error onírico; el subconsciente comete un error, e introduce en el sueño un dato que contrasta con la experiencia de la vigilia. La mayoría de las personas, sin embargo, pasamos por alto este tipo de detalles; hay que ser un verdadero onironauta, o soñador lúcido para reparar en ellos. Los demás, cuando despertamos, a veces recordamos el sueño, y pensamos: “hoy soñé que todavía tenía el pelo largo”. Nuestra parte consciente no ha estado atenta durante el sueño.

El macguffin del soñador serbio era tan sencillo y tan terrible como la felicidad. Durante la guerra en Yugoslavia, su vida en el campo de refugiados, sus huidas de los francotiradores, su sufrimiento físico y psíquico eran tan terribles y tan duros que cuando sentía felicidad o bienestar, sabía que estaba soñando:

“…cuando soñaba era libre. Disfrutaba enormemente de esa libertad. E incluso empecé a notar que cuando las cosas resultaban buenas y agradables era porque aquello tenía que ser un sueño. Es así como alcancé el estado de lucidez en mis sueños.”

Jelena le habló a Joseph K., en Munich, de los bombardeos en Belgrado. De las noches en vela, todos en el refugio, y las súbitas explosiones. De la incertidumbre: ¿dónde habrá caído esa bomba? Joseph K. le contó lo de Aleksandar Zograf. Jelena le dijo que durante la época de los bombardeos, por la noche sólo tenía pesadillas.

(1) Por otro lado, no hay que olvidar, aunque eso es materia para otro escrito, lo que dice Novalis acerca de los sueños: “estamos próximos a despertar cuando soñamos que soñamos”. Edgar Allan Poe dice, por boca de Augustus Bedloe, protagonista del relato Un cuento de las Montañas Escabrosas, que cuando uno sueña y en el sueño sospecha que sueña, la sospecha nunca deja de confirmarse y el durmiente siempre despierta de inmediato. Siguiendo a Novalis y Poe, este escrito carece de sentido. Pero, por si de algo sirviera, recordaré que uno y otro anteceden a Freud en el tiempo, y Freud se dedicó durante gran parte de su carrera da destrozar todas las teorías sobre el sueño y el subconsciente que hasta entonces se habían sostenido. Sin embargo, dudo que al lector le interesen estas disquisiciones, por lo que pido disculpas e invito a la continuación de la lectura, ignorando, en la medida de lo posible, el contenido de esta nota a pie de página, aunque, claro, lo leído, leído está.

26.5.05

Introducción al psicoanálisis

Tanto le afectó la depresión que su padre sufrió a los cuarenta años, y tanto le turbó enterarse entonces de que casi todos los hombres sufrían una crisis alrededor de esa edad, que desde muy pequeñito decidió que cuando llegase tan fatídico momento se psicoanalizaría (su padre había conseguido salir de la crisis gracias a un tal Dr. K. Varevedian). Siguiendo esa idea que nunca abandonó, y a pesar de encontrarse en uno de los momentos más felices personalmente y más fructuosos profesionalmente de toda su vida, el día siguiente al de su cuadragésimo cumpleaños, visitó al Dr. K. Varevedian y se entrevistó con él, y con él concertó dos sesiones semanales de 90 minutos cada una a lo largo de todo un año.

El día en que cumplía 41 años decidió no prorrogar el contrato con el Dr. K. Varevedian, ya que, tras un año de sesiones había comenzado a descubrir cuán simple era, y empezaba a deprimirse

18.5.05

Era desesperante

Era desastroso, desesperante. Rompió el despertador al intentar apagarlo, cayó al suelo cuando salía de la cama, resbaló en la ducha, se desangró afeitándose, se enredó con los pantalones mientras se vestía, y se derrumbó hasta tres veces; durante el desayuno tuvo que cambiarse de camisa en dos ocasiones (primero, el café con leche; luego, la mermelada de frutas de bosque). Salió de casa después de golpear violenta aunque involuntariamente mi pómulo con su frente al intentar darme un beso. Respiré aliviada y me puse a prepararlo todo.

Al cabo de un rato oí voces en la escalera, y una ambulancia llegando al portal (o la policía, no distingo el sonido de la sirena). Salí al rellano y no me sorprendí cuando mi vecina salió del ascensor, se me acercó llorando y me dio el pésame mientras me abrazaba. Parece que él había tropezado con el escalón del portal y se había dado con algo en la cabeza al caer, tampoco presté mucha atención.

Tal vez sea mejor así: no creo que él hubiera soportado volver a casa esta noche y no encontrarme aquí nunca más. Lo quería, pero era desesperante.

17.5.05

Septiembre

Me contaba el viaje de vuelta, la llegada a casa, sus sensaciones del principio de otoño. Prometía escribir una y otra vez hasta que nos volviéramos a encontrar.

Guardo aquella carta en una caja de zapatos vieja, con otros recuerdos de aquellos años.

Fue la única que me envió.

 
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